—Y a las niñas guapas como tú.

—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia, ¿sabe usted?

—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de atrás—exclamó el apuesto mancebo.

El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las costureras.

—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación.

—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera. Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el piloto de la Trinidad con la de Mechacan, se os figura que todo el monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad?

—Benita está escriturada—dijo Encarnación.

—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura!

—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda la vida.

—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la cabeza?