—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el regazo.

—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor.

—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante bien.

—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo oyes?

—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente conmovido.

Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho.

—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso despotismo el papel y el lápiz.

El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o matinée que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:

—Ahora, pon debajo quién es.

El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con viveza y decisión, escribió debajo de la figura: Lo que más quiero en el mundo.