Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó otra vez diciendo:

—Toma, toma, embustero.

Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se lo arrebató riendo.

—¿Qué papelitos son ésos?

Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó fuertemente la muñeca de su hermana.

—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego, contraído por forzada sonrisa.

—No; quiero verlo.

—Ya lo verás después; ¡suelta!

—Quiero verlo ahora.

—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula.