—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria. Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.
—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.
—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!
—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia, poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos centelleantes y la faz descompuesta por la cólera.
Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la sorpresa, exclamó:
—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo.
Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada aún, lo hizo mil trozos.
—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese genio, chiquilla?
—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.
—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!... ¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don Aquilino.