—Bueno, dale memorias a don Aquilino.
—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán de levantarse para castigar a su hija.
Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.
—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su esposa.
Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de respeto de su hija.
Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con tono solemne:
—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá.
Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su preocupación.
Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa, dijo de nuevo, con más firmeza:
—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido.