La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró muy bajito:

—¡Sí, en eso estoy pensando!

—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade.

—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo las costureras.

—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz baja también, mas con acento iracundo.

—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No quieres ir?

La niña permaneció inmóvil y silenciosa.

—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista!

Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo.

Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo: