—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al fin sonriendo.
—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado.
—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo.
—Eso consiste en que no quieres de veras.
—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que nuestro joven se inmutó.
—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo: llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo satisfecho, es el mayor de los placeres...
—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro sin rabo.
Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza.
—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.
—Para este caso haz cuenta que me la han cortado.