—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto.
Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio eterno.
Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.
—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido.
—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero?
En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina le dijo a Teresa pugnando por no reir:
—Chica, ¿qué dice ése?
—¿Que por dónde tira las coces un caballo?
—Será por el c...
Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina: