—¿Quieres callarte... zapalastrona?
Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría por las costureras.
—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me alegro.
—Lo enganché en la charrette con la Linda—respondió el centauro, haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez... En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?... ¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal rayo! Por poco me deshace un farol...
—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a Piscis.
—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio.
Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva y reservada.
Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta, esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la misma pregunta:
—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte.
—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de las seis.