Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué.
Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una cabecita hermosa le sonreía.
—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el semblante.
—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono.
—¿Quieres que suba?
—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se pregunta, hombre!
Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies.
—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el comedor.
Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano.
—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le dijo sonriendo.