El semblante de Venturita se obscureció.
—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría.
—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin dejar de sonreir.
—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo, que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa tecla.
Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:
—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.
—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:
—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me enfado, es de veras...
—¡Bah... allá una vez; cada año!
—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres suaves y tranquilas.