—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña?

—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí.

—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa.

—No sé. ¿Quieres que te regale el oído?

—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle.

—Por lo feísima que eres.

—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad.

—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero.

—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado.

—Te aseguro que no.