—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.

—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio.

Venturita avanzó hasta la puerta.

—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida.

—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy?

—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo, podemos ir a otra parte. Vamos al salón.

—Vamos.

—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante.

Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:

—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto.