—Palabra redonda—respondió el joven alegremente.
—¿Nada de besitos?
—Nada.
—Júralo.
—Lo juro.
—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes? Hasta ahora.
—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y besándola.
—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a faltar...
—Yo creí que las manos no entraban en el juramento.
—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los ojos.