A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña, pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul, un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una odalisca.

—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia.

—¿Cuándo lo has visto?

—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar...

—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes?

—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.

—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a mirarle de aquel modo provocativo de antes.

—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva, da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los alimentos.

—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!...

—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase.