—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según creo... y déjate de sutilezas.
Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído por electrizarle.
—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se pasaba el pañuelo por la frente.
—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy calurosos del verano.
—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa.
—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos azules sin conseguir que pareciesen inocentes.
—Un poco.
—¿Quieres que avise?
—No; si lo que me hace daño son tus ojos.
—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la cuenta.—¡Entonces los cerraré!