—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho peor.

—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla.

—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no poder besar esos ojos que me asesinan.

—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da! ¡Siento no poder curarte!

—¿Permitirás que me muera?

—Si.

—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces...

—No.

—Tus manos.

—Tampoco.