—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño!

—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre el tocador.

Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces.

Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran, pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante diciéndole:

—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo.

—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de volver loco a San Antonio.

—Así, así.

—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra situación...

Gonzalo se puso serio.

—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso que nunca con Cecilia...