Gonzalo hizo un gesto negativo.

—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo que haces conmigo...

—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.

—No.

—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo claramente y concluir de una vez.

—Pues díselo.

—... No me atrevo.

—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la niña con impaciencia.

—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres. Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible. Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta casa...

—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie un poco pálida.