—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza.
Ambos guardaron silencio unos instantes.
Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza:
—¡Discurre, hombre, discurre!
—Ya lo hago, pero no sale...
—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...
—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado.
—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees que voy a servir de juguete?