—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa?
—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la puerta.
Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.
—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado, fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres, nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.
—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que Cecilia se va morir de pena?
—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento.
—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena; no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió volviéndose rápidamente.
—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer.
—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que estaba orgullosa, y con razón, de su pelo.
—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza dentro, déjame bañarme en este río de oro.