Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña.
Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada hasta las orejas, y dijo balbuceando:
—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre el armario.
—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin inmutarse poco ni mucho.
Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se lo entregó.
—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...
Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo había pinchado.
Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo.
—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para atármelo, ¿verdad?—añadió riendo.
—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella sangre fría.