La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura de lo que había visto.

—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con ansiedad luego que hubo salido.

—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de todas.

Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.

—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que tanto la caracterizaba.

Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para acompañarla hasta casa.

VIII

De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro con asistencia del cuarto estado

El día 9 de junio de 1860, debe señalarse con caracteres de oro en los fastos de la villa de Sarrió.

Para ese día, socorrido de Alvaro Peña y de su hijo Pablo, don Rosendo Belinchón había rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que concurriesen por la tarde al local del teatro. Se trataría un asunto de «vital (por nada en el mundo se le escaparía a don Rosendo el vital) interés para la villa de Sarrió y su concejo». Sólo cuatro o cinco personas de las más obligadas al comerciante, conocían el noble y patriótico pensamiento que motivaba la convocatoria. Así que, arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron a las tres en punto todos los convocados y muchos más a quienes nadie había dado vela en aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote. La gente principal se apoderó de las butacas y los palcos. La plebe subió a la cazuela. En el escenario se había colocado una mesa de escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de sillas, no más nuevas ni más limpias, que servían para la decoración de «sala pobremente amueblada».