Y se entró otra vez en la cocina, sin hacer caso de Ángela que le instaba con muchas lágrimas y gemidos para que fuesen en busca de su hermana.

XV

Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguían. El que primero se cansó fue Andrés.

—Es inútil correr—dijo poniendo una mano en el hombro de Rosa para detenerla.—Nadie nos sigue.

Volvió la aldeana hacia atrás el rostro, donde aún se pintaban el terror y la zozobra, escuchó con atención un rato, y cerciorándose de que su padre no la perseguía, respiró libremente y se fue serenando. Mas al tropezar sus ojos con los de Andrés, turbose de nuevo y se llevó rápidamente las manos al pecho para subir el pañolón que se había echado al bajar a la cocina. No traía más que la camisa y una enagua. Al verse en aquella figura delante del joven sintió gran vergüenza. Ambos quedaron confusos un instante, sin saber qué hacer ni decir. Ella fue la que primero rompió el silencio con voz temblorosa.

—Yo me vuelvo a casa, D. Andrés... aunque mi padre me mate.

—¡Eso sí que no!—contestó él reteniéndola por el brazo.—Ahora no puedes volver de ningún modo. Es necesario que antes se temple tu padre un poco... Si esta noche pudieras dormir en otra casa, mañana le echaríamos algunos amigos... y tal vez le calmaríamos...

—Pero ¿dónde voy a dormir?

—¿No tienes ningún pariente en el pueblo?

—A mi tío Jaime nada más.