—¡Madre mía, si no está en la cama!

Y después gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Padre, padre! Levántese, padre; Rosa no esta aquí, Rosa no está aquí, padre...

Oyeron en seguida el golpe de los talones del aldeano al echarse fuera de la cama. Rosa, que apretaba convulsivamente la mano de Andrés conteniendo el aliento, al sentirlo se estremeció fuertemente y exclamó con angustiada voz:

—¡Madre del alma, que va a ser de mí!

Y ambos por un movimiento súbito se levantaron del escaño y dieron algunos pasos hacia la puerta. Al mismo tiempo escucharon arriba rumor de pasos y una voz áspera que dejaba escapar terribles interjecciones y amenazas. Cuando los pasos tomaron la dirección de la escalera, Rosa exclamó acongojada:

—¡Que me mata mi padre, D. Andrés; que me mata mi padre!

Y con rápido movimiento se echó fuera de casa, arrastrando consigo al joven.

No tuvieron tiempo más que para salvar corriendo la distancia que les separaba de un recodo que el camino hacía. Tomás apareció en seguida con el candil en la mano vomitando injurias.

—¡Ah perra, perra! ¿Te has escapado con tu señorito, eh? ¡Ya volverás y nos veremos las caras!