—Yo no pensé que tu padre llevase las cosas a tal extremo... Me han dicho que por poco te mata ayer...

—No haga caso: me pegó algo más que otras veces.—Y después de una pausa añadió con amargura:—¡Ojalá me hubiese matado!

—¿Quisieras morir?—preguntó él conmovido.

—Sí—repuso ella firmemente.

—¡Pobre Rosa!—exclamó acariciando la mano de la aldeana.—Te he causado mucho daño... perdóname...

—¿Por qué?... Usted no ha tenido ninguna culpa, D. Andrés: he sido yo. ¿Quién me mandaba hacer caso de usted? ¿No sabía demasiado que usted no podía ser para mí? Yo soy una pobre aldeana y usted un señorito... Bien sabe que yo no le escuché al principio; pero usted siguió tan humildito y tan bueno que necesitaba ser de piedra para no quererle... cuanto más—añadió bajando la voz—que usted siempre me gustó mucho.

—No creas que me voy para siempre: el año que viene, Dios mediante, he de volver.

Una voz que sonó arriba los dejó helados de espanto. Era la voz de Ángela que llamaba a Rosa:

—¡Rosa, Rosa, Rosaaa!

Iba gradualmente alzando el tono. Después, como la casa era muy chica y había gran silencio, la oyeron decir por lo bajo: