—Pensé que Rafael no te había dado mi recado. Hace una hora estuve silbando ahí delante—dijo él en falsete y sin soltar la mano de su amiga.

—Bien le oí, bien le oí; pero estaba Ángela despierta y no podía bajar... Por cierto que me hizo reír cuando me dijo: «¿Oyes, Rosa? Ahí está Juan el de la tía María silbando. Querrá que le abra... Pues ya puede aguardar sentado...—Sí, si, dije yo para mí, no está mal Juan de la tía María el que silba.» Me hacía la dormida sin chistar, a ver si ella se dormía también; pero nada; ese pecado parecía tener ortigas debajo hoy. No cesaba de dar vueltas y vueltas...

—Pues por un poco me marcho sin despedirme.

—¿Cómo sin despedirse?—preguntó ella vivamente, dejando el falsete.

—¿Pero no te dijo nada Rafael?

—No me dijo más que usted vendría esta noche a hablar conmigo, y que silbaría para que yo bajase... Nada más.

—Pues yo le dije bien claro que me iba mañana para Madrid y que...

Advirtió un estremecimiento en la mano que tenía cogida y se detuvo. Rosa no dijo una palabra. Él guardó silencio también, y se arrepintió de haberle dado la noticia así tan de repente. El temblor súbito de aquella mano halagó su amor propio y le enterneció. Después de largo rato de silencio dijo ella con voz apagada, como si le faltase el aliento:

—Siento haberle conocido, D. Andrés.

Este, pensando que era una recriminación, se apresuró a contestar: