—D. Andrés, por los clavos de Cristo, se esconda... Mire usted que no sabe a lo que se expone. Estos paisanos son muy ladinos y le van a armar una trampa.
—Nada, nada; no me escapo.
A todo esto, Rosa se había acercado, sospechando de lo que se trataba, y con voz anhelante y temblorosa comenzó a decirle:
—Escóndase, D. Andrés, escóndase... ¡Por la Virgen Santísima se esconda!...
Detrás vinieron algunos paisanos y, enterados del caso, le rogaron lo mismo. Uno de ellos llegó a decirle:
—Véngase conmigo, D. Andrés; saltaremos a ese prado, y yo le llevaré a un sitio donde esos perros pachones no den con usted... Por la noche se puede ir adonde guste.
Pero todas las instancias fueron inútiles. El joven se obstinó en no moverse del sitio. Al cabo, los tricornios charolados de los guardias brillaron allá en la puerta del lagar y avanzaron por entre los árboles. Andrés no pudo impedir que su corazón latiese más de prisa. Detrás de los guardias venía Tomás, que se fue quedando rezagado. El joven se adelantó y preguntó a un guardia:
—Vienen ustedes a prenderme, ¿verdad?
—¿Es usted el Sr. D. Andrés Heredia?
—Servidor.