—Pues sí, señor; traemos orden de detenerle y de entregar a su padre la joven que se ha escapado con usted.
—Bien; estoy a su disposición.
Y dirigiéndose a Rosa, que sollozaba perdidamente en brazos de Máxima, le dijo en tono afectuoso:
—No tengas cuidado, Rosita; nos volveremos a ver pronto.
Los guardias hablaron un instante con Tomás para indicarle, sin duda, que podía disponer de su hija. Después se dirigieron a Andrés muy finos.
—Cuando usted guste, caballero.
—Vamos allá... Adiós, D José... Celesto, hágame el favor de avisar a mi tío... Hasta la vista, señores.
Los circunstantes le vieron marchar con asombro y tristeza. Antes de entrar en el lagar tropezó con Tomás. El paisano bajó la vista ante la mirada fija y provocativa del joven.
En la romería la gente estaba ya enterada del suceso; así que todos suspendieron los bailes y danzas para verle pasar. Andrés marchaba charlando con los guardias, afectando indiferencia. Cuando hubo pasado por delante de una danza, a una aldeana se le ocurrió entonar cierta copla de un antiguo canto de aquella comarca:
Si me llevan prisionero,
No me llevan por ladrón:
Me llevan porque he robado
A una niña el corazón.