Andrés no pudo menos de sonreír, y volviendo el rostro hacia aquel sitio hizo un saludo con la mano. Los civiles también sonrieron.
Después que salieron de la romería, caminaron la vuelta de Lada por distintos parajes de los que el joven conocía, salvando un collado y marchando después a campo traviesa buen trecho. Lada, sin embargo, estaba por allí más cerca de lo que él presumía. Llegaron en el momento mismo que anochecía. Durante el viaje los guardias tratáronle muy cortésmente, dejando traslucir que no concedían importancia alguna a su delito, y que sospechaban que todo se quedaría en agua de cerrajas; pero no consiguió hacerles decir si Tomás había estado en Lada a denunciarlo.
Dejáronlo en la cárcel, alojado en el mejor cuarto, que era todavía muy sucio y destartalado. El alcaide le trató con respeto y amabilidad, sabiendo, como los guardias, que el detenido no era ningún criminal. Como estaba rendido de la noche precedente y de las emociones del día, se acostó vestido sobre el catre que le dieron, y durmió unas cuantas horas profundamente. Por la mañana muy temprano ya estaba allí su tío, que había salido de Riofrío antes del amanecer.
—¡Pero hombre!... ¡pero hombre!
El joven no supo qué contestar y bajó la cabeza. Afortunadamente no fueron más allá las recriminaciones del cura. Inmediatamente comenzó a hablar de los medios de sacarle de la cárcel. Tenía su plan formado: ir a ver al juez y decirle quién era el reo y todo lo que había pasado. Y en efecto, así lo hizo. Entonces supo que el tío Tomás era quien había denunciado a Andrés como raptor de su hija Rosa. El juez, en cuanto averiguó que el joven detenido era hijo de un antiguo ministro del Tribunal Supremo, a quien conocía de nombre, escritor público y hacendado, se apresuró a venir a tomarle declaración. Después, mediante fianza, decretó la excarcelación.
—Ea, ya estás libre—le dijo su tío llevándole a almorzar a una posada.—Lo que importa ahora, demonio de muchacho, es que te marches cuanto antes... Lo demás, me entiende usted, corre de mi cuenta... Yo me encargo de probar que no ha habido tal robo ni tales calabazas...
Así se hizo. Aquella misma tarde Andrés subió de nuevo a un coche del ferrocarril minero, pernoctó en la capital de la provincia, y con veinticuatro horas más de viaje se plantó en Madrid.
XVII
¡Qué gordo! ¡qué moreno! ¡qué cambiado está usted, amigo Heredia! ¿Dónde se ha puesto usted de esa manera?
Por donde quiera que iba, llegado a la corte, escuchaba estas o semejantes exclamaciones. Los amigos le abrazaban con efusión; las amigas admiraban su porte varonil, aunque no faltó quien dijo que venía más ordinario; porque los gustos son muy varios.