Un hombre apareció por la parte exterior del coche, preguntándole:
—¿Adónde va usted?
—A Lada.
—Bueno, entonces ya me dará usted el billete; no hay prisa... ¡Sr. D. Ramón!... ¡Señá Micaela!... (dirigiéndose con efusión al matrimonio obeso). ¡Ustedes por acá! Hace ya lo menos dos meses que no vienen a ver al chico: ya sé, ya sé que Gaspara ha parido un niño muy robusto... ¿Vienen ustedes a ver al nieto, verdad?... D.ª Micaela cada día más gorda.
—Pues no es por lo que dejo de pasar, hijito.
—¡Qué ha de pasar usted, señora! ¡Con esas espaldas y esas!... ¡Vamos, hombre, si da ganas de reír!
—Que sí, que sí, hijito; que lo estoy pasando muy mal desde el día de San Bartolomé; que lo diga Ramón si no...
—Es verdad, es verdad—bramó sordamente el elefante del marido.—Lo está pasando muy mal... A mí me parece que es histérico...
Andrés dejó de escuchar la conversación y se mudó a la otra ventanilla para seguir contemplando el paisaje. Al poco rato, el revisor se alejó y volvió a reinar silencio en el coche.
El valle se había cerrado aún más. Las faldas de los montes avanzaban casi hasta el borde de la vía, dejando poquísimo espacio de campo. A trechos, sólo quedaba la anchura suficiente para el paso del riachuelo que corría por la cañada. Los árboles extendían de cerca, y por entrambos lados, sus ramas, cual si tratasen de atajar la marcha del tren.