Parose éste repentinamente, cuando menos se esperaba, en medio de la mayor apretura de la garganta, donde no había rastro de estación ni otra fábrica de menor calidad que hiciese sus veces.
Andrés, después de asomar la cabeza por las ventanillas y mirar y remirar en vano, se atrevió a preguntar a sus compañeros:
—¿Qué significa esta detención?
—Nada, que se apeará aquí el gerente.
—¡Ah!
Marido y mujer cambiaron entonces una mirada menos vaga y mortecina que las que ordinariamente despedían sus ojos revestidos de carne. Un mismo pensamiento cruzó por sus acuosas masas encefálicas.
—Si el maquinista quisiera parar antes de llegar a Piedrasblancas—dijo la mujer—nos ahorrábamos deshacer el camino.
—Es verdad—dijo el marido.
—Díselo a Felipe.
—No sé si cederá.