—¿Es usted cura?

—No, señor; es un decir: estudio para ello.

—¡Ya me parecía!

—No tengo tomadas más que las órdenes menores... Verá usted: cuando entré en el seminario fue con la intención de seguir la carrera lata; pero se murió mi padre hace cosa de seis meses, y no he aprobado más que un año de teología. La pobre de mi madre no puede sostenerme tanto tiempo en el seminario ni en posada tampoco: es necesario abreviar la carrera y ordenarse cuanto antes... Si no puedo ser teólogo, seré cura de misa y olla... ¿Y qué importa?... De todos modos, la curapería anda perdida; ¿verdad, D. Andrés?

—No me parece tan mala carrera.

—Se asegura el garbanceo y nada más. Ya sabe usted que hasta se están vendiendo los mansos de las parroquias...

—¿Y cómo está usted ahora aquí, en la aldea?

—Desde el fallecimiento de mi padre (que en gloria esté) vivo en casa: los negocios no han quedado muy bien, y costará todavía algún tiempo el arreglarlos. A pesar de todo cuento, Dios mediante, cantar misa de aquí a dos años... Ea, bajémonos un poco a estirar las piernas y a tomar un piscolabis... ¿No quiere usted echar un cuarterón o una copita, D. Andrés?

Se hallaban delante de una casucha solitaria, sobre cuya puerta tremolaba una banderita blanca y encarnada, dando testimonio de que allí se rendía culto a Baco.

—No tomo nada, pero bajaré a acompañarle a usted. Me está lastimando el diablo de la silla.