—No perderá usted el tiempo—dijo Celesto acercándose a tenerle el estribo y bajando cuanto pudo la voz.—Va usted a ver una de las mejores mozas del partido, más derecha que un pino, bien armada y bien plantada... Se chupará usted los dedos...

Las muecas que el seminarista hizo al proferir tales palabras no son para descritas. Sus ojos acuosos brillaron como diamantes brasileños y la volcánica nariz se estremeció de júbilo.

—Vamos, Amalia, sandunguera, échame una copa de bala rasa y a este señor lo que guste. ¡Así pudieras echarte tú en la copa, salerosa, y beberte yo con toda satisfacción, mas que reventase después como una granada!

—¿Tan mal estómago te haría, capellán?

—No lo sé, cielo estrellado; lo único que puedo decirte es que me alborotarías mucho los nervios.

—Pues tila, querido, tila. ¿Qué quiere usted tomar, caballero? (dirigiéndose a Andrés).

—Un vaso de agua.

Mientras Amalia lavaba el vaso en un barreño colocado al extremo del mostrador, Andrés la examinó a su talante.

Los datos de Celesto le parecieron exactos. Era una moza de arrogante figura y buenos ojos, de brazos rollizos y amoratados; gorda y colorada en demasía. Cuando abría la boca para reír, enseñaba unos dientes blancos y sanos, aunque nada menudos.

—Échame otra, cara de rosa, que cuando te veo se me seca el gaznate... Vamos, D. Andrés, ¿no se la llevaría para casa de buena gana?