Celesto rió de satisfacción hasta saltársele las lágrimas.
—¡Bah! Ya se los han buscado antes que yo otros muchos. Me divierto un poco con ella cuando voy y vengo... pero no pasa de ahí... Por supuesto, D. Andrés, que esto no dura más que hasta que tome las órdenes mayores, porque no quiero ser un mal sacerdote...
—Hará usted muy bien; de otro modo, más vale que siga usted distinta carrera.
—Nada, nada, estoy resuelto a ello: el mismo día que me ordene sanseacabó... fuera vino, fuera mujeres, y vida nueva como Dios manda...
Siguió moviendo la lengua el seminarista con creciente brío mientras duraba la operación que en la cabeza le hacían las copitas de ginebra. Cuando se cansaba de hablar, entonaba alguna canción picaresca con ribetes de obscena, que hacía reír no poco al joven cortesano. La alegría es contagiosa, como la tristeza. La de Celesto consiguió pegársele y llegó pronto a hacerle el dúo, poniendo en inusitado ejercicio las fuerzas de sus desmayados pulmones.
No por eso dejaban de caminar a paso vivo por la amena carretera, que ceñía como una cinta blanca las faldas de las colinas.
El valle se iba cerrando. Por detrás de las colinas frondosas asomaban ya sus crestas algunas montañas anunciando que los viajeros no tardarían en penetrar en otra región más fragosa, en el corazón mismo de la sierra. En efecto, la carretera terminó bruscamente cerca de una fuerte apretura de los montes, donde se asentaba un caserío de poca importancia. Desde allí siguieron por un camino tan pronto ancho como estrecho, que faldeaba la montaña a semejanza de la carretera, y estaba sombrado a largos trechos por los avellanos de las fincas lindantes. El paisaje era cada vez más agreste. El valle se había trasformado en cañada, por donde un río bullicioso y cristalino corría entre angostas aunque muy deleitosas praderas. A trechos la cañada se amplificaba, como si desease merecer tal nombre; otras veces se cerraba hasta más no poder trocándose en verdadera garganta, donde había poco más espacio que el que ocupaban el camino y el río.
Éste, a medida que caminaban hacia su nacimiento, iba perdiendo en caudal, aunque ganando mucho en amenidad y frescura: más vivo, más diáfano y sonoro. Los grandes guijarros de color amarillo que formaban su lecho dejábanse ver con toda limpieza, y hasta en los pozos más hondos, labrados al borde de alguna peña, exploraban los ojos todos los secretos del fondo... Las montañas a veces se levantaban sobre él a pico, y eran blancas y coronadas de vistosa crestería, entre cuyos agujeros se mostraba el azul del cielo. El musgo formaba en ellas grandes machones de un verde oscuro, que resaltaban gallardamente sobre la blancura de la caliza. Muchedumbre de arbustos, y en ocasiones árboles, metían las raíces dentro de sus grietas y aparecían como colgados en retorcidas y fantásticas posiciones sobre el río.
La voz del seminarista, entonando sin cesar sus groseras anacreónticas, resonaba formidablemente entre las peñas.
Andrés callaba ya como un mudo. Se hallaba sobrecogido de respeto y emoción ante aquella vigorosa naturaleza, que no había visto más que en los paisajes al óleo o a la aguada.