El cura entró un momento en la alcoba oscura de la sala, y salió empuñando un par de zapatillas como lanchas, que dejó caer con estrépito a los pies de su sobrino.

—Ahora quítate esa gabardina.

—¿Qué gabardina?

—La que traes puesta, hombre... no vale nada... parece de papel... Te estás muriendo de frío.

Andrés comprendió que se refería al jaquette.

—No, señor, no tengo frío.

—Sí lo tienes; ponte ese chaquetón forrado; ya verás qué pronto entras en calor.

En el chaquetón que le presentaba su tío cabían cómodamente, a más de él, otros dos sobrinos. Pero Andrés estaba tan asustado, que se lo metió sin replicar.

—Ahora hace falta que te abrigues esa cabeza, hombre, ¡esa cabeza!... El sombrero lastima la frente... Espera un poco; tengo yo un gorro que te vendrá de perilla.

Era un gorro de terciopelo negro, alto y vueludo, que le tapó las orejas. Cuando se miró en el espejillo que colgaba sobre la cómoda, hacía una figura tan lúgubre y extraña, tan semejante a la de un amortajado, que sintió miedo.