—Siéntate ahora en ese sillón.

—No estoy cansado.

—Siéntate, digo, y responde a lo que voy a preguntarte. ¿Me contestarás con toda franqueza?

—Sí, señor.

—¿Cómo te encuentras del estómago?

—Así, así.

—Eso no es decir nada... Tú me has prometido franqueza...

—Me encuentro medianamente.

El cura, que paseaba por la sala con las manos atrás, se detuvo delante de su sobrino, y clavando en él una mirada de increíble ferocidad, le dijo con acento enérgico:

—¡Pues es necesario curarse!