Andrés no respondió.

—¡Pues es necesario curarse!—repitió en voz más alta y sin dejar de atravesarle con la mirada.

—Procuraré—dijo Andrés entre dientes.

—¿Cómo?

—Procuraré.

—Procurarás... está bien; está perfectamente—dijo el cura dulcificándose un poco y continuando sus paseos.—Lo primero que debemos hacer para curarnos es cuidar del abrigo, sobre todo del abrigo del estómago. Traerás faja, ¿no es cierto?

—No, señor.

—¡Cómo! ¿No traes faja?—exclamó quedando inmóvil, petrificado.

—No, señor; no me ha hecho falta.

—Mañana te pondrás una mía de franela. A mí me da cinco vueltas. A ti supongo que te dará alguna más.