—¡Me dará quince!—pensó con desesperación Andrés, que sudaba ya copiosamente dentro de la zamarra.

El cura siguió paseando y desenvolviendo su sistema terapéutico, fundado casi exclusivamente en el algodón y la lana. Andrés le examinaba en tanto con viva curiosidad no exenta de miedo, imaginando que había hecho muy mal en venir a caer en las garras de aquel salvaje.

Concluida la exposición del sistema, el cura se informó de muchas cosas, que no sabía, tocantes a la familia. Treinta años hacía que desempeñaba aquel curato, sin traspasar sus términos más que cuatro o cinco veces para ir a la capital del obispado. Había sido muy camarada del padre de Andrés; le había querido en el alma; pero desde su matrimonio no le había vuelto a ver. En cierta ocasión habían reñido por cuestión de intereses: se habían cruzado entre ellos algunas cartas muy agrias, que Andrés había encontrado entre los papeles del ministro. Éste le decía en una que «para llegar a la posición que él ocupaba en la magistratura, algún discurso y algunas partes intelectuales se necesitaban.» El cura respondía que «para alcanzar el estado sacerdotal también se requerían cualidades de inteligencia.» El ministro replicaba furioso: «Cuando a ti te han ordenado, hombre de Dios, ¿no habrían podido ordenar igualmente al jumento que te llevó a Valladolid?» Estas y otras groserías se habían olvidado, al parecer, por ambas partes. El magistrado, cuando hablaba del cura a su hijo, le decía: «Más claro que mi primo Fermín, el agua.» El cura, cuando se refería al magistrado, llevaba siempre el dedo a la frente con respeto, para indicar dónde estaba el fuerte de su primo. Aunque algo sabía de lo que había pasado después de la muerte de aquél, no estaba al corriente de los varios sucesos ni de las reyertas que el muchacho había tenido con su curador por motivo de intereses. Andrés, un poco más tranquilo ya, empezó a referírselas por menudo. Al llegar al punto del rompimiento se le inflamó el rostro de tal manera al cura, que Andrés temió una congestión.

—¡Pobre muchacho!... ¿Y qué es de esa buena pieza?

—¿Quién, mi tío?... Pues paseándose muy tranquilo y comiéndose la tercera parte de mi fortuna, que le he cedido por no llevar a un hermano de mi madre a los tribunales.

—¡Majadero!—gritó el cura abalanzándose a él con los ojos terriblemente inyectados; pero dulcificándose súbito, añadió:—Tú no tienes la culpa... eres Heredia al fin y al cabo, como tu padre, como yo, como mi hermano Pedro... ¡Unos tarambanas todos!...

La conversación se había prolongado. La señora Rita entró a encender un velón de aceite, pues la estancia ya estaba casi en tinieblas; después extendió el mantel para la cena sobre una mesa de castaño, negra y pulida por los años de uso. Al poco rato vino con una cazuela humeante, que depositó sobre la mesa, diciendo:

—La cena en la mesa.

—¡Santa palabra!—exclamó el cura levantándose.

Al sentarse frente a él, Andrés observó que la luz del velón hería de lleno cierto cuadro que colgaba de la pared, representando un militar a caballo.