Después comió con tranquilidad la sopa, y durante la cena siguió la conversación estratégica. Al finalizar, rezó en voz alta un Padre Nuestro en acción de gracias, acompañado del sobrino, y ambos se fueron a la cama, poco después que las gallinas.
VI
Poco después que cantara el gallo por vez primera, se personó el cura de Riofrío en el cuarto de su sobrino, voceando ya como si fuesen las doce del día. Abrió la ventana con estrépito, y los rayos fríos, pero hermosos, del sol matinal dieron en el rostro de nuestro joven, que los acogió con una mueca nada estética.
—Vamos, gran dormilón, arriba: ¡arriba, hombre, arriba! Si te dejase, serías capaz de estarte en la cama hasta las siete de la mañana.
Andrés oyó entre sueños el absurdo de su tío y arrugó las narices con espanto.
—Vamos, muchacho, vamos—siguió el cura sacudiéndole,—que ya son muy cerca de las seis.
—¡Ah, las seis!... ¡las seis!—dijo el sobrino restregándose los ojos.
—Sí, hombre, sí, las seis... ¿A qué hora te levantabas en Madrid? Estoy seguro de que no bajaría de las ocho o las nueve.
—Por ahí...—respondió Andrés, cada vez más aterrado.
—¡Es claro!—prorrumpió el cura chocando con fuerza las manos.—¡Y luego queréis no estar enfermos, y no tener ese color de cirio que tú tienes! ¡Cocidos en la cama, me entiende usted, toda la mañana como si fueseis a empollar huevos!... Vamos, vamos, levántate que hoy es domingo, y es necesario mudarse la ropa.