—Me la he mudado ayer—contestó Andrés, pensando ganar algunos minutos.

—¿Cómo ayer?—replicó el cura lleno de estupor.—Si ayer fue sábado, muchacho...

—Y eso ¡qué importa!

—Pero en Madrid, chico, ¿no os mudáis la camisa los domingos?

—En Madrid se muda la gente la camisa cuando está sucia.

—¡Bah, bah, bah! No me vengas con monadas; en Madrid los domingos son domingos como aquí, y en toda tierra de garbanzos, y los domingos se hicieron para descansar y ponerse camisa limpia los cristianos... Conque arriba, que me voy a afeitar... A las ocho la misa...

Ya que se hubo vestido nuestro joven, con no poco trabajo y dolor de su alma, se asomó a la ventana. En vez de tropezar su vista con los balcones de la casa de enfrente, pudo derramarla a su buen talante por el magnífico paisaje que había contemplado el día anterior. La rectoral estaba más alta que el pueblo, dominándolo perfectamente, y lo mismo al valle. Éste se presentaba con la púdica frescura de la mañana, saliendo del negro manto que la noche le había tendido.

Todavía no se ha levantado la neblina que por las tardes desciende sobre el río. Las praderas que lo guarnecen están matizadas de blanco por la escarcha. Las cimas de las altas montañas se ofrecen a lo lejos teñidas de fuerte color de naranja. Los bosques de castaños esparcidos por las faldas de las colinas guardan aún todas las sombras, todos los misterios de la noche. Debajo de estos bosques duerme segura la aldea, cuyas casas blancas déjanse ver apenas entre el follaje. En los ángulos y rincones del valle la escarcha es tan fuerte que parece un manto de nieve. El cielo está diáfano, de un azul pálido, tirando a verde en el Levante, oscuro hacia el Poniente. Algunas nubecillas leves y blancas, como copos de vellón, flotan, no obstante, por la atmósfera; los rayos del sol las tiñen a veces de color de rosa; resbalan lentamente por el cristal del firmamento; en ocasiones descansan breves momentos sobre la cima de los peñascos más altos, como si viniesen adrede a proteger los secretos amores de los genios de la montaña. Por todos lados es necesario levantar mucho la vista para ver el cielo.

—Estoy metido en una jaula—pensó Andrés,—en una jaula deliciosa. Sin embargo, hace tiempo que no he respirado tan bien: parece que se me ensancha el pecho y me entra con el aire nueva vida.

Después se rió de sus ilusiones, achacándolas a las ideas tan favorables al campo que le había inculcado el doctor Ibarra. Así que hubo tomado el desayuno, en compañía de su tío, se echó fuera de casa, para comenzar a poner por obra lo que le habían recetado.