La cañada era frondosa y amena, y tenía el atractivo de lo desconocido para nuestro joven, quien, al dar los primeros pasos en ella, de ningún modo se hubiera confesado que le impulsaba otro móvil que el puro amor a los paisajes. Si se lo hubiera confesado, seguro que hubiese dado la vuelta.
Para mejor recrearse, no quiso seguir el camino que ceñía la ladera: prefirió caminar por el álveo mismo del arroyo, que en el verano estaba casi enjuto. Formaban sobre él los avellanos que salían de las fincas lindantes una espesísima bóveda, tan baja que a veces no permitía el paso de un hombre sin doblarse: en ocasiones llegaba hasta interponerse como una barrera, como una muralla de verdura: entonces nuestro joven se veía obligado a buscar un agujero por donde colarse, sosteniendo con las manos el ramaje mientras pasaba. A un lado y a otro veía, por entre las hojas, la alfombra verde de las praderas que el sol matizaba de oro. En el cauce del arroyo no penetraban sus rayos. Era un túnel fresco y oscuro; tan fresco que, a pesar de lo elevado de la temperatura, sentía de vez en cuando leves escalofríos. Si las ramas de los avellanos no le permitían caminar derecho, la naturaleza del suelo tampoco le dejaba afirmar el pie con desembarazo. El lecho del arroyo era pedregoso y desigual. Además, aunque no trajese mucha agua, todavía era la bastante para formar menudos charcos, que se veía obligado a salvar saltando de piedra en piedra. Éstas alguna vez falseaban y se mojaba la punta de las botas. Entonces soltaba alguna violenta interjección y se detenía a tomar aliento; porque el tránsito, aunque no vivo, era fatigoso. Paseaba la vista en torno, y en todas partes tropezaba a corta distancia con una tupida cortina verde. Estaba como perdido, anegado en un mar de verdura. La monotonía del color empezaba a marearle. Sólo el hilo de agua que corría por el suelo despedía hermosa vislumbre de plata, que alegraba la oscura galería.
A punto estaba ya de suspender la excursión por ella, pues le iba enfriando y fatigando un poco, y saltar a los prados y luego al camino, cuando acertó a oír detrás del follaje rumor de voces. El corazón le dio un salto; él sabría por qué; y sin vacilar, apoyó los pies en la paredilla de guijarros, cubierta de musgo, que separaba el prado del arroyo, apartó las ramas, se agarró fuertemente a una más gruesa que las otras, y dando un brinco, cayó sobre el césped mullido de una muy hermosa pradera.
El paisano, que encorvándose liaba un hacecillo de varas, levantó la cabeza sorprendido. La muchacha, que algo más lejos, sentada en el suelo, miraba pastar a unas vacas, también se volvió instantáneamente.
—¡Diablo de señorito!—exclamó el paisano tranquilizándose inmediatamente.—Me ha asustado... Salta como un contrabandista.
La muchacha le miró fijamente sin despegar los labios.
—Dispensen ustedes—dijo Andrés un poco acortado.—Venía siguiendo el cauce del arroyo, y no sabía ya dónde estaba... Oí voces y salté...
—¿Y qué caza venía usted siguiendo, señorito?—preguntó el paisano con acento socarrón.
—No traigo carabina... ya lo ve usted... Venía tan sólo por conocer estos lugares, que todavía no he visto.
—Y también por ver a esta reitana, ¿verdad?—dijo el aldeano soltando una grosera carcajada.