La reitana se puso encendida como una cereza. Andrés también se ruborizó y no supo qué contestar.

—Vaya, estoy viendo—continuó el paisano—que voy a tener que armar garduñas alrededor de casa para los señoritos que me quieren comer las uvas.

—¡Padre!—exclamó la muchacha sofocada.

Andrés sonreía estúpidamente.

—¿Que no se las quieren comer?—repuso el paisano.—¡Anda, anda! ¡Pues si tú no las guardases bien, ya darían buena cuenta de ellas! ¿verdad, D. Andrés?

—Tiene usted unas hijas muy guapas—dijo éste, ya sereno.

—Pero la que más le gusta a usted es Rosa.

—¡Padre!—volvió a exclamar la chica con voz angustiada.

—Verdad que sí... Pero como yo no le gusto a ella, no tendrá usted necesidad de poner garduñas.

—¡Quiá!—exclamó el aldeano, soltando otra vez la carcajada.—No crea usted eso, D. Andrés... Las muchachas están rabiando porque alguno les diga algo, y si es un señorito, mejor que mejor... Mire usted, yo tengo dos hijas; pues no sé cuál de ellas tiene más ganas de salir de casa... Yo les digo: ¿cuándo diablos me atrapáis un señorón rico que os mantenga para que me dejéis en paz?... Pero nada... se pasa el tiempo... van al mercado los jueves, van a las romerías, y nada... no acaban de dejarme solo a mis anchas.