—Pues yo me atrevo a desembarazarle de una—dijo Andrés adoptando el mismo tono zumbón del paisano.—De las dos no me comprometo.
—No me lo jure, que lo creo... Pero en estos asuntos me gusta mucho que intervenga también el cura... Y ustedes no lo pueden ver más que al demonio, ¿verdad, señorito, verdad?
Y el paisano no cesaba de reír con socarronería.
—Según—repuso Andrés, otra vez acortado.—Algunas veces también nos gusta...
—Cuando tropiezan una moza guapa y rica. ¡Ya!... Aquí viene usted equivocado... Ni lo uno ni lo otro... Aquí no podemos ofrecerle más que miseria y compañía... Vaya—concluyó, echándose a la espalda el haz que acababa de liar,—hasta luego, que me voy... Rosa, a ver si te das arte para atrapar a este señorito... Quede con Dios, D. Andrés...
Y se alejó riendo, con paso perezoso, hacia la casa, que estaba situada en la parte superior de la finca, al borde del camino.
Andrés le estuvo mirando hasta que desapareció, por no atreverse a convertir los ojos hacia Rosa. Mas al fin tuvo que hacerlo. Entonces vio que lloraba, ocultando el rostro con las manos. Acercose a ella y se sentó silenciosamente a su lado.
—¿Por qué llora usted, Rosa?... ¿Tengo yo la culpa?
—No, señor—contestó en tono colérico.
—¿Entonces?