—Rosa... Rosa... ¿Te escondes de mí, pícara?... Ya parecerás, a no ser que te hayas metido en un agujero, como los grillos.

Al cabo la halló agazapada al lado de un avellano. Al verse descubierta, hizo una graciosa mueca de enfado.

—¡Déjeme usted, D. Andrés... déjeme usted!

Y corrió de nuevo a ocultarse en otro sitio. Andrés la siguió.

—Eso no vale... ya estás descubierta.

Tornó a hallarla en la misma posición que antes, metida dentro del canastillo de ramas de otro avellano. La mueca que entonces hizo fue más expresiva, ejecutando visibles esfuerzos para enfadarse.

—¡Vamos, D. Andrés, déjeme usted!... ¡déjeme usted!

Y viendo que el joven se acercaba a cogerla:

—¡Déjeme usted, caramba!... ¡Qué pesadez!... ¡No quiero bromas con usted!

—¿Y por qué no quieres bromas conmigo, Rosa?—repuso él, avanzando en actitud humilde.