—No crea usted que a mí se me importaba nada... Solamente que mi padre me decía: «¿Cómo no viene D. Andrés ahora?» y todos los de casa lo mismo. ¡Como si yo tuviese obligación de saber porqué viene usted o deja de venir!

—Pues bien sencillo es saber por qué vengo...

No se dio por entendida, y siguió mirando fijamente al suelo. Después de esperar en vano la pregunta, Andrés dijo en voz más baja, donde se traslucía la fuerza del capricho:

—Si vengo es por ti, exclusivamente por ti.

La pastora soltó una carcajada de burla para disimular la emoción placentera que estas palabras le causaron. El rubor subió a sus mejillas.

—Y cuando no viene usted, ¿por qué es?

—También por ti.

—¿Sabe usted que tiene gracia eso? Cuando viene es por mí, y cuando no viene también...

Andrés le explicó, riendo, esta contradicción. El día pasado había creído que, lejos de serle simpático, ella le odiaba: por eso se había estado tanto tiempo sin venir a visitarla: no le gustaba relacionarse sino con las personas que le querían. Después se puso a recordar las circunstancias con que la había conocido, las misas que había oído sin atención por mirarla...

—Sí, sí, ya me acuerdo... Yo decía: ¿Pero qué mirará ese señorito?