—Y del desaire que me hiciste en la romería, ¿te acuerdas, pícara?

—¡Vaya si me acuerdo! ¡Me dio una rabia cuando usted vino a sacarme!

—¿Por qué?

—Por las demás, que me llamarían tonta viendo que un señorito me prefería.

—La verdad es que entonces no me tenías muy buena voluntad, ¿eh, Rosa?

—Verdad que no.

—¿Y ahora?

—Ahora... ahora... ahora... ¿qué sé yo? ¡Qué preguntas tiene usted, D. Andrés!

La zagala hizo un gesto de impaciencia. No estaba en su naturaleza, arisca y desdeñosa, el confesar sus sentimientos. Por algo sus hermanos, cuando reñían con ella, la apellidaban «cardo» y «puerco-espín.» Andrés, que la iba entendiendo, no insistió, y mudando de conversación, procuró hacerla reír recordando las simplezas del criado o algún dicho malicioso de Rafael. La charla entonces se animó. Rosa contaba con gracia mil pequeños episodios de la vida de la aldea, describiendo con pintoresca, ya que no correcta, expresión los tipos y las actitudes. Andrés, la mayor parte del tiempo, no atendía al argumento del discurso por contemplar más a su placer el juego expresivo y gracioso de su fisonomía, sus ojos brillantes, su boca virginal, los movimientos vivos, resueltos, de su cuerpo, mórbido y exuberante de vida.

Pero esta charla interminable de una parte y esta contemplación extática de la otra, cesaron súbitamente. Detrás de ellos, una voz irritada de hombre profirió terribles blasfemias, que les hizo volver la cabeza con espanto. En pie, cerca de ellos, con una hoz en las manos, vieron a un paisano viejo, la faz demudada, los ojos inyectados en sangre por la cólera, el cual, encarándose con Rosa, vociferó más que dijo: