—Oye, grandísima pendona, ¿no te he dicho ya que si la vaca volvía a saltar a la tierra te iba a cortar las orejas?... ¿Sabes que me están dando intenciones de hacerlo para que aprendas de una vez a tener más cuidado, mala cabra?

Andrés, repuesto de la sorpresa, se puso en pie vivamente, y con palabra y actitud enérgicas se dirigió al aldeano:

—Lo primero que usted va a hacer es hablar como se debe, ¿lo oye usted?

El paisano quedó sorprendido a su vez de este exabrupto, se puso más pálido y, mirándole con extraña fijeza, balbució humildemente:

—Yo... hablo... como debo.

—No habla usted tal.

—Yo no me meto con usted... no se meta usted conmigo... La vaca me está causando todos los días perjuicios...

—Pues quéjese usted al juez.

—Antes de quejarme al juez, he de arreglar a esa grandísima...

—Ya se librará usted de hacerlo.