—Lo veremos.
Y el aldeano se alejó lentamente, murmurando amenazas salpicadas de groseras interjecciones. Cuando ya estaba a alguna distancia, se volvió y dijo en tono más alto:
—Si esa desvergonzada no estuviese haciendo porquerías con los señoritos, las vacas no saltarían del prado.
Andrés se enfureció al oír esto, y recogiendo velozmente la escopeta del suelo, hizo ademán de apuntarle. En las aldeas, las armas de fuego inspiran un terror supersticioso. El aldeano, al ver el cañón frente a sí, se asustó mucho y comenzó a gritar, extendiendo las manos hacia Andrés:
—¡No tire usted, señorito! ¡no tire usted, señorito!
El joven bajó el arma y le dejó marcharse.
Cuando se volvió hacia Rosa, la encontró riendo por el terror del paisano. Sin embargo, no tardó en ponerse seria y en decirle gravemente:
—Ya lo acaba usted de oír, D. Andrés. Lo que ha dicho el tío Fernando no crea usted que sea cosa de él solamente. En el pueblo lo habrá oído... Me está usted causando mucho daño... Hágame el favor de marcharse...
Andrés trató de persuadirla a que despreciase el dicho del aldeano, inspirado sin duda por la cólera; pero fue en vano. Ella sabía mejor lo que pasaba en el pueblo; no quería verse en lenguas de la gente. El joven se vio obligado a despedirse.