Algunos días después de este suceso, a la hora de salir Andrés de casa por la tarde, su tío le retuvo, diciéndole con solemnidad inusitada:

—Andrés, necesito hablar contigo.

El joven dejó otra vez el sombrero encima de la mesa, y mirando con sorpresa al cura se sentó.

—No, no, mejor es que salgamos de paseo; el asunto es delicado, y por esos andurriales podremos hablar a nuestras anchas.

—Como usted quiera.

Cogió el párroco su bonete, echose el balandrán sobre la sotana con peligro inminente de asarse vivo, y sacando de un rincón de la sala el tremendo cayado en que solía apoyarse, fue a avisar a la señora Rita de que salía.

—¿Adónde?—preguntó ésta, malhumorada.

—Voy de paseo un rato con Andrés.

—De paseo... de paseo... ¡dichoso paseo!... Y yo aquí espera que te espera, a que le dé gana de tomar el chocolate.

—No te apures, mujer... Procuraré venir a tiempo.